Hoy ocurrió algo inesperado. Es tradición familiar romper los huevos de pascua de chocolate con un juego de lanzamiento entre varios. En esta ocasión, Gustavo, amigo de la familia, se sumó al juego que jugamos Darío y yo.
Casi terminado el juego, con el huevo ya en parte roto, quise terminar de reventarlo contra la pared. Apunté mal.
Con más fuerza de la que venía llevando dirigí el huevo hacia la pared, pero erré en el blanco. La pieza fue directo a la cara de Darío y fue a dar a su ojo derecho, cerca de la sien, sobre sus lentes...
Fue trágico y desopilante. Dramático. Y Darío se rió, no le gustó (obvio), pero no me atacó. Una de sus grandezas.
Para mi suerte, no hubo inflamación, corte ni marca. Si el huevo hubiera venido hacia mí, aún me estaría enroscando en mi pensamiento acerca de por qué inconcientemente él me querría lastimar de ese modo. Propio de mí -o propio de las mujeres, no lo sé-, pero él no lo pensó. Me dijo al despedirnos: "No te preocupes por lo del huevo, en serio. Ya pasó".
¿Será así para siempre? Ojalá. Espero mantenerme a la altura (aún cuando de seguro muchas veces él me quiera matar y yo a él).
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